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Archivo de la Categoría La_Ginebrosa

En 1939  terminaron muchas cosas y otras empezaron, el fin de una guerra siempre se ha de celebrar, aunque no gane el bando que deseáramos que ganase, siempre son buenas noticias.

La historia siempre esta ahí para ser recontada, ya sea desde la mirada de sus protagonistas (cuando estos aun viven), desde la mirada de los historiadores, los periodistas los políticos, los enólogos (léase antropólogos) o desde la mirada de los que tienen una memoria a medias, o sufren amnesia parcial, o son parciales con todo lo que rodea incluso con sus relatos.

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El presente es juventud, ganas de aprender, ganas de pasar página, pero también es el marco del “continuum” donde los mayores relatan a los más jóvenes los hitos del pasado.

Oficios e hitos del pasado han de ser contados, han de tener su estela, su surco, e incluso su monolito, pero también y sobre todo el recuerdo de las personas que no están y no tienen lugar en el cual sus familiares dejen las flores de mayo.

El 11 de abril de 2009, se levanto nevando en la Ginebrosa, un manto blanco como no se había visto en todo el invierno, los tejados, los campos y las calles de la Ginebrosa estuvieron cubiertas de nieve todo el día, para muchos un gozo indescriptible pues el pueblo estaba lleno de familiares venidos a pasar las vacaciones de Semana Santa, la nieve y el tiempo libre siempre hacen buenas migas.

Las campanas del pueblo llaman a misa cada uno de los días de Semana Santa, los tambores hacían la rompida a sus horas, y las calles se llenaban de nazarenos al tambor y de devotos. Los mozos al bar y los del pueblo a duras penas acudían, a la granja, al campo y a las obligaciones que marcaban las campanas.

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  La guerra lo pervierte todo, lo deforma y da alas a unas mariposas y se las corta a otras.  

 Los relatos acontecen en el bajo Aragón, entre el 1935 y 1950, en las poblaciones de Calanda y La Ginebrosa (Teruel).

   La guerra lo ensucia todo, cuando revisamos pequeñas historias entre y alrededor de una gran guerra observamos el poder de distorsión de los actos y las voluntades, que causan la sin razón y el genocidio.

   Lorenzo Feliz y su esposa Joaquina Bondia, naturales de Calanda.

   En el año 1935 la familia Feliz Bondia esta formada por Lorenzo su esposa Joaquina y dos vástagos, hembra y varón. Lorenzo es un hortelano que se gana la vida sacando el provecho de su trabajo en campos y propiedades de otros. Lorenzo es pobre pero en estos tiempos esta condición la comparte con la mayoría de vecinos de Calanda, por un lado grandes terratenientes dueños de la tierra y el resto de vecinos a duras penas pasan con los frutos de su esfuerzo.

   Lorenzo Feliz consigue sacar sus hijos adelante, se va al campo cada día y consigue el fruto de trabajo en el tiempo de la cosecha, en estos lares el tiempo es el juez imparcial que dicta sentencia cada año, frío o muy frío en invierno, caluroso o muy caluroso en verano, sin olvidarse de poner una vela al santo que le toque para que una pedregada no lo eche todo a perder.

   Lorenzo tiene familia cercana y lejana y entre ella se encuentra el que se hará con la herencia de los campo en los que trabaja. Después de hablar mucho el cacique esta de acuerdo en dejarle sacar la cosecha y hacer uso de los campos una vez recogido el fruto.

   La familia Feliz Buendía esperaba el fin de la cosecha pues eran sus únicos ingresos, y para ello Lorenzo decidió ir a trabajar, pero este día no era un buen día ni era un día feliz, ese día Lorenzo recibió un tiro en el pecho que acabo con su vida y con la felicidad de su familia. Hasta aquí un episodio de la España negra, familia, tierras y tiros para sentar sentencias.

   En tiempos de Republica también hay justicia, se celebra un juicio y el cacique va a la cárcel. Esta historia debería de haber acabado en este punto con una cárcel larguísima para el asesino, pero son tiempos de guerra y la amnistía saca los presos a la calle, el asesino culpable se ve suelto por el error mayúsculo que supone una guerra.

   El asesino se hace de la falange y se convierte en un vencedor, en un héroe y un cacique que se hará mas rico y poderoso y con el tiempo hasta demócrata confeso, “y es que la guerra lo ensucia todo”. De asesino a héroe, y de hortelano a un montón de huesos sin sepultura, si, por que el infeliz de Lorenzo Feliz murió donde no sabe nadie y sus huesos todavía no han sido localizados.

En Calanda hay una hermosa lapida de mármol con su inscripción para el asesino de Lorenzo Feliz y unos descendientes que buscaron en vano los huesos de su marido, padre y abuelo para un recuerdo.

   En Calanda durante 40 años Joaquina Buendía llamo asesino al cacique cada vez que se cruzaba con el en la calle, ella no variaba su camino ni él le dedicaba una mirada la ignoraba, como quería hacer con su pasado, borrar su pasado de asesino, de cacique y de falangista, consiguió ser un empresario de éxito, y la sociedad le perdono todo.

   Fina ironía del destino, los días de la familia Feliz Buendía, ni buenos ni felices, durante 40 años, tuvieron que callar y esconderse frente al asesino y falangista que asesino a su padre y marido. 

   Hace unos años una cabra de monte se paseo por las calles de Calanda hasta que fue a parar a la iglesia, más de un vecino se asusto por que creyó ver en esto la encarnación de lucifer que venia a por los suyos, hoy con más luz y fe veo en este paseo cabruno el tributo a Lorenzo Feliz frente al olvido de sus vecinos. La cabra entro por la calle mayor y salió por donde vino después de merodear por la iglesia, no sabemos si rezó o ni siquiera si lo intento, pero estamos seguro que estaba tras el alma en pena de Lorenzo Feliz y clamaba al cielo para que tuviera una lapida de mármol con su inscripción y estela, “Lorenzo Feliz, buen esposo, buen padre y mejor persona”.

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Es septiembre, ya en la vuelta de las vacaciones, pero en vacaciones ni las catastrofes ni los temas pendientes de siempre hacen pausa, están presentes como los mosquitos la sequía y el calor de justicia. En julio había recomendaciones para no llevarse el portátil junto con el bañador y las pantuflas, y como hago siempre, seguí el consejo al pie de la letra, me deje el bañador y las pantuflas porque al poner el portátil en la maleta ya no cabía nada más.

Seguro que hay gente que no tiene memoria, y otros muchos que no quieren tenerla, y también es verdad que hay quien piensa que mejor no remover el pasado. Pero también es verdad que todos los muertos son iguales, e iguales sus descendientes y sus derechos de los unos de estar identificados en su sepultura, como de los descendientes de tener un punto donde dejar flores cuando el recuerdo se ahogue y quieran reconciliarse con sus abuelos.   No entiendo que hay quien defienda en entierro digno y al mismo tiempo el olvido y la cuneta para los otros los distintos, ya sean rojos, republicanos o ateos.

Tres Cantos donde vivo y trabajo, es ciudad joven sin pasado, con más de la mitad de la población sin recuerdos más allá de las primeras votaciones democráticas, pero como yo también hay personas que ni el alzeimer ni la demencia senil consiguen borrar la huella del tiempo.

No escojo ir de vacaciones a la Ginebrosa, mi mujer es de este pueblo y cada año como hacen las cigüeñas tomamos el vuelo hacia el bajo Aragón.

Tampoco escojo de antemano llegar el día 16 de Agosto de 2008, día en el que un grupo de vecinos de La Ginebrosa, Aguaviva y pueblos de alrededor van al cementerio de Monroyo a poner un lapida encima de la fosa común donde con toda seguridad hay los cuerpos de al menos cuatro desaparecidos en tiempos de la posguerra.

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¿Dónde y que Compraba L’Agustina?                     

L’Agustina no necesita ir a la tienda, lo tiene todo a mano, en la huerta, en el campillo, en la despensa, en los animales que cría en casa, o en corral de las moradas.

  Cuatro años estuvo conviviendo con un burro y una cerda en la primera planta de la casa, ellos vivían en la primera planta, y sobre ellos, un cobertizo para las gallinas y los conejos. Al hacer su primera hija trasladan los animales a la casa de abajo y a los corrales,

  L’Agustina tiene el recuerdo de la tienda del pueblo cuando tenia 10 o doce años, de ir al pueblo y entrar en la(s) tienda(s), y no haber alimentos que comprar, la tiendas se parecían más a las ferreterías modernas que a las tiendas de alimentación, eran sosas y aburridas no tenia cosas de interés.

  L’Agustina en cambio le gusta ir a comprar el pan, ir al horno cada día y traerse el pan tierno a casa, le relaja de tiempos más duros en los que amasaba kilos y kilos de harina.

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