En 1939  terminaron muchas cosas y otras empezaron, el fin de una guerra siempre se ha de celebrar, aunque no gane el bando que deseáramos que ganase, siempre son buenas noticias.

La historia siempre esta ahí para ser recontada, ya sea desde la mirada de sus protagonistas (cuando estos aun viven), desde la mirada de los historiadores, los periodistas los políticos, los enólogos (léase antropólogos) o desde la mirada de los que tienen una memoria a medias, o sufren amnesia parcial, o son parciales con todo lo que rodea incluso con sus relatos.

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El presente es juventud, ganas de aprender, ganas de pasar página, pero también es el marco del “continuum” donde los mayores relatan a los más jóvenes los hitos del pasado.

Oficios e hitos del pasado han de ser contados, han de tener su estela, su surco, e incluso su monolito, pero también y sobre todo el recuerdo de las personas que no están y no tienen lugar en el cual sus familiares dejen las flores de mayo.

El 11 de abril de 2009, se levanto nevando en la Ginebrosa, un manto blanco como no se había visto en todo el invierno, los tejados, los campos y las calles de la Ginebrosa estuvieron cubiertas de nieve todo el día, para muchos un gozo indescriptible pues el pueblo estaba lleno de familiares venidos a pasar las vacaciones de Semana Santa, la nieve y el tiempo libre siempre hacen buenas migas.

Las campanas del pueblo llaman a misa cada uno de los días de Semana Santa, los tambores hacían la rompida a sus horas, y las calles se llenaban de nazarenos al tambor y de devotos. Los mozos al bar y los del pueblo a duras penas acudían, a la granja, al campo y a las obligaciones que marcaban las campanas.

De la misma manera que no llueve para gustos de todos, cuando nieva, siempre se le estorba el camino a alguien, y más entre montañas, a la orilla del invierno que no termina, y la ruta Ginebrosa, La Cañada, La Cerollera, Monroyo, el 11 de abril, era un bello paisaje nevado pero de difícil acceso.

Unos pocos vecinos del pueblo, se adentraron en la nevada para una cita a las 11 de la mañana en el cementerio de Monroyo (Ver Imagen Abajo), en el pueblo de la Ginebrosa las campanas estaban secuestradas para otros actos, y los altavoces del pregón, estaban helados u ocupados en el acto que tendría lugar en el salón de actos del pueblo a eso de las 18 horas.

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La carretera y el invierno se hacen colegas para poner a prueba la voluntad de unos pocos, y en el pueblo el silencio de las campanas y de los altavoces se alían para la amnesia colectiva, en Monroyo las puertas del cementerio se abren para el recuerdo, y para las palabras esculpidas en piedra que no han de se olvidadas jamás.

monroyo_lapida_monolito.jpg Josefa Bayod, Aurelio Boj, José Mir, vecinos de la Ginebrosa, pero con una sepultura en el destierro de unas tierras ajenas,  un monolito en piedra de un metro de altura en un cementerio, para recordarles, y para acordarse de las circunstancias en la que paso todo.

A las 6 de tarde (hora de toros), en el pueblo, se presenta un libro, las autoridades venidas de lejos presentan la obra, los políticos locales se conjuran en silencio para el silencio, hablemos del 39, hablemos de unos oficios, pero callemos del resto, no se haga mención a los vecinos enterrados en Monroyo, hablemos del pasado de pasada, hablemos del color del libro, de las fotos que han pasado por la censura, hablemos y hagamos fiesta de un pasado (a medias), de un pasado sin muertos en las cunetas, sin muertos por un tiro en la espalda en una fuga fingida.

Hablemos del pasada, de los oficios no comprometidos, silencio, para no hablar de los asesinos, y de los asesinados, de verdugos y de ejecutados. Oficios odiosos donde la muerte es el fruto de su destreza y de su arte.

La Ginebrosa de 2009 (Ver foto aérea abajo), ya tiene Adsl, TDT, y probablemente una consola de videojuegos por casa, donde la mayor tragedia seria no tener luz, en la oscuridad en la cual los elementos mágicos de la modernidad se quedan sin sus destellos, sin sus héroes de muy lejos, sin su programación de canales de TV de pago, en la cual el artilugio electrónico que mueven las campanas o dan voz a los altavoces, no funcionan.

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En la Ginebrosa de 2009, el libro de los oficios ha empezado a hacerse viejo, el papel no tardará en convertirse en polvo, en estanterías concebidas para acelerar el tiempo, en Monroyo en ese mismo año 2009 un monolito de piedra que ha de durar siempre a empezado a ver uno de los innumerables amaneceres que le han de dar el calor y la luz que dibujaran con su sombra en la tierra sazonada con la presencia de Josefa, Aurelio y José.

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